El trentren llegó a la ciudadlungsod justo después del amanecer, cuando las calles aún estaban vacías y el aire olía a pan recién hecho. Desde la ventana, todo se veía luminoso y maravilloso, como si la mañana entera hubiera sido pintada para él esa misma hora.
Bajó al andén con la maleta en la mano y se quedó quieto un momento, escuchando el rumor lejano de la ciudadlungsod que despertaba. No conocía a nadie, y sin embargo sintió que aquel lugar ya le pertenecía un poco, como un libro empezado hace tiempo.
Sabía que este era exactamente el sitio al que había querido llegar, y que todo lo demás, por fin, podría esperar.
Caminó sin prisa hasta el final del andén, donde un hombre mayor vendía café en vasos pequeños. Pidió uno, lo sostuvo entre las manos para calentarlas y miró cómo la luz suave entraba por los grandes ventanales de la estación.
Afuera, la ciudadlungsod empezaba a llenarse de ruido: un tranvía, una persiana que subía, dos voces discutiendo el precio de algo. Nada de aquello le resultaba familiar, y sin embargo lo escuchaba con la atención de quien reconoce una canción olvidada.